El síndrome del guion perfecto (y otras formas de procrastinar)
Hay días en los que no escribes porque no tienes tiempo. O eso te dices. Pero la verdad es que estás esperando a que llegue “la idea buena”. Esa que no necesita reescrituras, ni dudas, ni tachones. Esa que se escribe sola, como si el teclado supiera lo que quieres decir antes que tú.
Spoiler: no existe.
El síndrome del guion perfecto es esa trampa mental que nos hace creer que no estamos listos para empezar. Que necesitamos más documentación, más inspiración, más café. Que el personaje aún no está claro, que el conflicto no es lo bastante potente, que el final no sorprende.
Y mientras tanto, el guion sigue sin existir.
Escribir es enfrentarse al caos. A la inseguridad. A la posibilidad de que lo que pongas en la página no funcione. Pero también es la única forma de descubrir lo que sí funciona. Porque el guion perfecto no se piensa: se escribe, se rompe, se reescribe… y a veces, se abandona.
Así que si estás esperando a que llegue “la buena”, te aviso: ya llegó. Es la que tienes ahora. Empieza con ella.
Cuando el ego escribe por ti
Cuando el ego escribe por ti
Hay guiones que nacen de la necesidad de contar algo. Y otros que nacen de la necesidad de que te escuchen. De que te digan “qué valiente”, “qué profundo”, “qué necesario”.
Y ahí es donde el ego se cuela por la puerta de atrás.
Durante el desarrollo de ALIADE, me di cuenta de lo fácil que es disfrazar el protagonismo de compromiso. De convertir una denuncia en una exhibición. De usar el conflicto como espejo, no como ventana.
¿Estoy escribiendo esto porque quiero que se entienda… o porque quiero que me entiendan?
Es una pregunta incómoda. Pero necesaria. Porque el ego no es el enemigo: es parte del proceso. Lo importante es saber cuándo está escribiendo él… y cuándo estás escribiendo tú.
Cortometrajes: el arte de contar mucho en muy poco
Un cortometraje no es una película pequeña. Es una historia que no necesita más tiempo para ser contada. Y eso lo hace brutalmente honesto.
Cuando escribí TUPPER, sabía que tenía 17 minutos para plantear un conflicto, desarrollar personajes, generar tensión y cerrar con sentido. No hay espacio para relleno. Cada plano cuenta. Cada línea de diálogo pesa.
El corto te obliga a ser preciso. A elegir. A renunciar. Y eso, aunque duela, te convierte en mejor guionista.
Además, el cortometraje tiene algo que el largo no siempre tiene: riesgo. Puedes permitirte ser más radical, más directo, más incómodo. Porque no estás vendiendo una hora y media de entretenimiento. Estás lanzando una idea. Un golpe. Una pregunta.
Y a veces, eso es más que suficiente